jueves, 10 de marzo de 2011

DOCE HOMBRES CON PIEDAD


En una sala del tribunal se reúne un jurado popular compuesto por doce hombres. Un hombre ha sido acusado de asesinato. La ley le condenará a muerte si el fallo del jurado es unánime. El jurado no podrá tener contacto con el exterior hasta que tome una decisión.

El hombre número uno tomó la voz cantante y pasó lista al resto de los presentes.

-Número uno presente... –dijo en voz muy baja. ¿Número dos?

-Presente.

-¿Número tres?

-Presente.

-¿Número cuatro?

-Presente.

-¿Número cinco?

-Presente

-¿Número seis?

-Presente

-¿Número siete?

-Presente.

-¿Número ocho?

-Presente.

-¿Número nueve?

-Presente.

-¿Número diez?

-Presente

-¿Número once?

-Presente.

-¿Número doce?

No se oyó respuesta.

-¿Número doce? –dijo el número uno en un tono más alto y agresivo.

-Presente, disculpe, estaba inmerso en mis pensamientos.

-Déjese de pensamientos y vamos al caso. Ese hombre ha asesinado a un pobre panadero y debe pagar por ello, lo justo es que se le envíe con él.

-Sí, acabemos rápido con esto –dijo el número cuatro.

-Votemos si el acusado es culpable o no.

-¡Esperen! –Gritó el número doce. ¿Cómo pueden ser tan inhumanos? ¿No van a dar una oportunidad para que se delibere y piense sobre el futuro de ese hombre? Está en juego una vida.

-Hijo –intervino el número seis, uno de los más mayores de todo el jurado-, conozco a ese pobre hombre. ¿Estás seguro de que es humano dejarle vivir?

-Pero...

-Sí, yo también le he visto alguna vez –dijo el número tres. Pobre desdichado.

La cara de perplejidad del número doce iba aumentando.

-Mira, número doce –retomó la voz el número uno-, todos sabemos la verdad, lo hayamos vivido más o menos cerca. Para ese hombre morir sería un premio. Vive en una chabola, sin trabajo, sin dinero y con una madre convaleciente de la que cuidar. Al robar una barra de pan para comer a ese pobre hombre se le fue la mano y le mató. El único delito que comete es el de seguir vivo.

Al número doce no le salían palabras de la boca.

-Ahora... ¿Qué es lo más humano, número doce? –Intervino el número ocho.

-¿Y quién se ocupará de la madre de ese hombre?

-No te preocupes, el Estado lo hará –Dijo el número cinco, que era abogado y sabía mucho de leyes.

-Pero... Pero...

-¡Basta ya! –Exclamó el número uno. No tengo tiempo para escuchar sus tonterías y esfuerzos vanos. Si tiene alguna objeción, por favor vote que este hombre es inocente. Procedamos a la votación. Yo voto que este hombre es culpable. ¿Número dos?

-Culpable.

-¿Número tres?

-Culpable.

-¿Número cuatro?

-Culpable.

-¿Número cinco?

-Culpable.

-¿Número seis?

-Culpable.

-¿Número siete?

-Culpable.

-¿Número ocho?

-Culpable.

-¿Número nueve?

-Culpable.

-¿Número diez?

-Culpable.

-¿Número once?

-Culpable.

-¿Número doce?

Número doce permaneció en silencio, con la mirada baja, hacia la mesa, y agarrándose de la cabellera.

-Por favor, número doce, necesitamos su voto. Si no hay unanimidad no podemos liberar a ese hombre. Si aún así sigue obcecado en su inocencia, le intentaremos seguir convenciendo.

Tras varios segundos de silencio, número doce comenzó a articular palabras.

-C... Cul... Pable. Culpable.

-No esperaba menos de usted, número doce. Comuniquémosle la decisión al juez.

-De ser un inocente –Dijo número doce en voz muy baja, entre dientes. Nadie le escuchó.

Número doce cerró con cuidado la carpeta donde contenía los papeles del juez y sus propias anotaciones. Mientras lo hacía, pensaba en lo que habían hecho: Engañar al juez, a los testigos, a los afectados, al acusado, al sistema judicial y a ellos mismos. Los hombres abandonaban la sala. Número doce, reflexionando y lagrimeando ligeramente, caminaba lentamente. Fue el último en salir. Al salir, cerró con un portazo que se escuchó en todo el edificio. Después, silencio absoluto.