En una sala del tribunal se reúne un jurado popular compuesto por doce hombres. Un hombre ha sido acusado de asesinato. La ley le condenará a muerte si el fallo del jurado es unánime. El jurado no podrá tener contacto con el exterior hasta que tome una decisión.
El hombre número uno tomó la voz cantante y pasó lista al resto de los presentes.
-Número uno presente... –dijo en voz muy baja. ¿Número dos?
-Presente.
-¿Número tres?
-Presente.
-¿Número cuatro?
-Presente.
-¿Número cinco?
-Presente
-¿Número seis?
-Presente
-¿Número siete?
-Presente.
-¿Número ocho?
-Presente.
-¿Número nueve?
-Presente.
-¿Número diez?
-Presente
-¿Número once?
-Presente.
-¿Número doce?
No se oyó respuesta.
-¿Número doce? –dijo el número uno en un tono más alto y agresivo.
-Presente, disculpe, estaba inmerso en mis pensamientos.
-Déjese de pensamientos y vamos al caso. Ese hombre ha asesinado a un pobre panadero y debe pagar por ello, lo justo es que se le envíe con él.
-Sí, acabemos rápido con esto –dijo el número cuatro.
-Votemos si el acusado es culpable o no.
-¡Esperen! –Gritó el número doce. ¿Cómo pueden ser tan inhumanos? ¿No van a dar una oportunidad para que se delibere y piense sobre el futuro de ese hombre? Está en juego una vida.
-Hijo –intervino el número seis, uno de los más mayores de todo el jurado-, conozco a ese pobre hombre. ¿Estás seguro de que es humano dejarle vivir?
-Pero...
-Sí, yo también le he visto alguna vez –dijo el número tres. Pobre desdichado.
La cara de perplejidad del número doce iba aumentando.
-Mira, número doce –retomó la voz el número uno-, todos sabemos la verdad, lo hayamos vivido más o menos cerca. Para ese hombre morir sería un premio. Vive en una chabola, sin trabajo, sin dinero y con una madre convaleciente de la que cuidar. Al robar una barra de pan para comer a ese pobre hombre se le fue la mano y le mató. El único delito que comete es el de seguir vivo.
Al número doce no le salían palabras de la boca.
-Ahora... ¿Qué es lo más humano, número doce? –Intervino el número ocho.
-¿Y quién se ocupará de la madre de ese hombre?
-No te preocupes, el Estado lo hará –Dijo el número cinco, que era abogado y sabía mucho de leyes.
-Pero... Pero...
-¡Basta ya! –Exclamó el número uno. No tengo tiempo para escuchar sus tonterías y esfuerzos vanos. Si tiene alguna objeción, por favor vote que este hombre es inocente. Procedamos a la votación. Yo voto que este hombre es culpable. ¿Número dos?
-Culpable.
-¿Número tres?
-Culpable.
-¿Número cuatro?
-Culpable.
-¿Número cinco?
-Culpable.
-¿Número seis?
-Culpable.
-¿Número siete?
-Culpable.
-¿Número ocho?
-Culpable.
-¿Número nueve?
-Culpable.
-¿Número diez?
-Culpable.
-¿Número once?
-Culpable.
-¿Número doce?
Número doce permaneció en silencio, con la mirada baja, hacia la mesa, y agarrándose de la cabellera.
-Por favor, número doce, necesitamos su voto. Si no hay unanimidad no podemos liberar a ese hombre. Si aún así sigue obcecado en su inocencia, le intentaremos seguir convenciendo.
Tras varios segundos de silencio, número doce comenzó a articular palabras.
-C... Cul... Pable. Culpable.
-No esperaba menos de usted, número doce. Comuniquémosle la decisión al juez.
-De ser un inocente –Dijo número doce en voz muy baja, entre dientes. Nadie le escuchó.
Número doce cerró con cuidado la carpeta donde contenía los papeles del juez y sus propias anotaciones. Mientras lo hacía, pensaba en lo que habían hecho: Engañar al juez, a los testigos, a los afectados, al acusado, al sistema judicial y a ellos mismos. Los hombres abandonaban la sala. Número doce, reflexionando y lagrimeando ligeramente, caminaba lentamente. Fue el último en salir. Al salir, cerró con un portazo que se escuchó en todo el edificio. Después, silencio absoluto.