miércoles, 13 de junio de 2012

Crónica de una noche


Por fin nos encontrábamos solos. Tú, yo y mi soledad. Ni tan siquiera un triste haz de luz de las farolas de la calle nos acompañaba en la noche. Cuántos pensarán lo rodeados de gente que están ignorando que todo es falso, que están solos, tan solos como tu y yo, me decía mentalmente (no estoy demasiado cuerdo, pero no llego a ese extremo). Sabía que nunca me ibas a fallar, y que si me fallabas, mañana sería otro día y haríamos como si nada hubiera pasado. Siempre he confiado en ti y hoy no es ningún día especial. Siempre escondida en el mismo sitio, pero siempre dispuesta a echarme una mano… Aunque normalmente, suele ser al revés. Te echaba de menos. Echaba de menos esa sensación que se tenía al acariciarte, sentir tu cuerpo en mis manos… Es algo que no se olvida nunca.  Sí, estoy pensando en ti, nunca he dejado de hacerlo y mucho menos ahora. No me lo perdonaría jamás, sería el peor momento para olvidarme de ti, porque realmente te amo… Por fin, por fin te noto junto a mi… Tu y yo, yo y tu, nada más, sólo mis pensamientos… Pensar no separarme nunca de ti, pasarme el resto de mis días contigo… Pensar en esos ojos tan claros que son como espejos… No aguanto más, ¡te necesito!

Pero todo se acabó. Ya no había pensamientos, no había sensaciones, tus ojos seguían siendo iguales, pero ya no pensaba en ellos… no aguantaba más. Otro día volveré a ello. Ahora estamos yo, mi soledad… Y nada más. Todo sumido en la oscuridad de la noche, noche que jamás estuvo alumbrada por aquellos ojos llenos de amor y de esperanza, pero que a mi soledad no le transmitían ni amor, ni esperanza, siquiera compasión. Solamente indiferencia. Qué a gusto se está en soledad, pensaba yo, aun sabiendo que mentía cual bellaco.