Me da igual –decía--. Me da igual lo lejos que estés. Me da
igual, en kilómetros, metros, centímetros, en número de moléculas de aire que
nos separan, me da igual. Aunque tuviera que ir a la luna a besarte, no me iba
a importar si de verdad estuvieras ahí. Aun así, no estás tan lejos: respiramos
el mismo aire, nos ilumina el mismo sol, vemos las mismas estrellas… A mi solo
me falta ver dos estrellas que solo tú me puedes enseñar, porque las tienes
encima de tu nariz. Son las únicas dos estrellas que no nos iluminan a los dos
y mi único objetivo en esta vida es que lo hagan. Necesito ver esas estrellas,
mirarte a los ojos… Tocar tu pelo, besar tus labios… Lo necesito. Escuchar de
tu boca un te quiero… No hace falta que grites, susúrralo, porque lo voy a escuchar
igual, porque no lo escuchan mis oídos, lo escucha mi corazón. Sí, ese corazón
que dejó de ser mío el día que te conocí, ese corazón que espero que cuides
como el más preciado de tus bienes, porque yo haría lo mismo con el tuyo, y
espero hacerlo, porque yo ya no tengo corazón. Mi corazón es tuyo, y necesito
tu corazón para seguir viviendo. Tan solo pido que me des un hálito de aire con
un beso, que me ilumines con tu mirada, que me permitas vivir con tu corazón…
Vivo por y para ti, y vivir sin ti, no es vivir. El dolor y el amor son las
únicas cosas que nos recuerdan que estamos vivos y yo ahora mismo siento las
dos tan fuertemente, que me siento más vivo que nunca. Pero necesito tus besos
para vivir de verdad.
Esto decía, tan alto como podía, aunque sabía que en
realidad no le escuchaba nadie. No había nadie a su alrededor. Pero en realidad
una persona si le escuchaba. Porque no le escuchaban sus oídos. Le escuchaba su
corazón.