Por fin llegó aquel momento esperado. Es momento que todo joven de quince años desea que llegue. El sudor empapaba mi cara de puro nerviosismo. No eran gotas abundantes, pero sí de gran tamaño que se deslizaban lentamente por mi terso cutis al que los años aún no habían atacado. Percibía nítidamente el olor de su boca, que me incitaba a acercarme lentamente más y más a ella. La fragancia perfumada de su cuerpo se mezclaba con el olor de las flores que impregnaban de sutileza el ambiente y el fuerte olor de la resina de los árboles. Nosotros, sentados sobre el tronco de aquella enorme conífera; un incómodo asiento que cambiaba de aspecto con la situación. La tensión aumentaba a cada milímetro que nuestros labios se acercaban. Mis ojos se reflejaban en los suyos: una mancha marrón se veía dentro de ese mar inmenso y azul que tenía como visión. Aquella visión me cautivó verdaderamente. Me sentí impedido en seguir acercándome. Ella, dubitativa, empezaba a moverse lentamente hacia mí. Ahora era ella la que olía la mezcla de los perfumes, era ella quien veía sus ojos reflejados en los míos, era ella la que empezaba a tener muestras de nerviosismo: sudor, tensión que aumentaba a cada milímetro que nuestras bocas se acercaban. Poco a poco la distancia iba disminuyendo y disminuyendo… Empezaba a ser prácticamente inexistente. Solo faltaba un empujoncito para llegar al clímax del momento. Tras dudar ambos, ella se armó de valor e hizo desaparecer la distancia existente entre mis labios y los suyos. Aquel momento solo fueron escasos tres segundos, pero me parecieron tres eternidades. Aquel momento en el que todos tus sueños se ven realizados en un beso. El roce de sus labios era para mí suficiente alimento para el resto de mi vida. Tras separar los labios, noté como si me empezara a faltar aire. Trataba de respirar, pero no podía, no entraba aire dentro de mí. Me revolcaba por los suelos en búsqueda de una partícula de aire que llenara mis pulmones… Era inútil. Ella, preocupada, atormentada, observaba la escena. Inocente, sin conocimiento alguno de que me había robado el alma con aquel beso. Un día juré que entregaría mi alma con tal de poder besarla. Hoy esa promesa se ha llevado a cabo. Aún así no estoy triste porque este día sea mi último. He tenido la oportunidad de amar y de ser amado por alguien. Ya lo dijo alguien muy sabio: mejor morir por amar que morir sin haber amado nunca.
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