Se acabó. No podía aguantarlo más. Al fin lo había decidido. Tenía que acabar con lo que más quería en el mundo: su chica. No podía soportar la idea de que alguien se la arrebatara por su belleza. Hicieron el amor por última vez y ella se durmió. Cuidadosamente, él se levantó y fue decididamente a por su chica. No podía creer lo que iba a hacer. La quería muchísimo, pero tenía que hacerlo. Por el bien de todos. Sí, realmente este hombre había enloquecido. ¿A quién se le ocurre asesinar a lo que más quiere en el mundo? Si es lo que más quieres, consérvalo, no te lo quites de en medio. Pero este hombre lo había decidido. El filo del machete brillaba a la luz de la luna. Estaba decidido. Tenía que hacerlo. Se la iban a quitar y no lo podía permitir, no. Era suya. Se abalanzó sobre ella y bastó solo una puñalada. Un grito sonoro que se apagó pronto. El fluido que brotaba de su cuerpo le golpeaba en la cara, le molestaba en los ojos. Ahí estaba él, de pie frente a lo que quedaba del cuerpo de su amada. No sabía qué hacer. ¿Debería irse con ella y vivir felices para la eternidad? La quería mucho... Pensó seriamente en hacerlo. Pero no, no. ¿Qué había hecho? ¿Cómo podía haber hecho algo así? Debía pagar por lo que había hecho. Decidió confesarlo a la policía. El hombre fue arrestado y pasó la noche en prisión. Al llegar la policía al domicilio del hombre, lo único que encontró fue un trozo de plástico, arrugado, con forma de mujer, ligeramente húmedo en algunas zonas concretas y con un gran agujero en la parte del cuello. Cuando la patrulla regresó al cuartel, el hombre apareció ahorcado con su propia camisa.
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