martes, 25 de enero de 2011

Los pensamientos de una máquina

¿Por qué sigo viviendo? ¡¿Por qué?! Mi corazón funciona, pero no puedo ver, ni hablar, ni moverme. Mi corteza cerebral está totalmente destrozada. Vivo conectado a una máquina que me permite vivir, pero, ¿es acaso esto vida? ¿Se dará cuenta la gente de que cuando uno no siente, no tiene emociones porque no puede, porque vive gracias a la medicina, realmente no tiene vida? Mi familia quiere mantenerme vivo para ahorrarse pleitos, pero mi deseo no es ese. Soy ingeniero de electrónica, de los más prestigiosos del mundo, y tengo a mi servicio (gracias a mi familia) a los mejores neurólogos, cardiólogos y psicólogos para afrontar mi problema, pero yo solo quiero morir. A mi empresa la encargaron la construcción de la máquina a la que vivo conectado. Me hice rico gracias a ella. Qué paradoja, amé a una máquina a la que ahora odio porque me mantiene en sufrimiento constante. Disculpen mi mala educación, ni tan siquiera me he presentado. Mi nombre es Javier Esperanza, tengo 70 años y me jubilé hace 5, y ya empezaba a tener problemas neurológicos y psiquiátricos. Rememoro aquellos tiempos en el instituto en el que me apasionaba dando la materia de tecnología, la ilusión que me hacía conectar bien un par de LEDs, un motor y un relé y que funcionara una cosa u otra según apretaba un pulsador. Luego seguí haciendo bachillerato de ciencias de la tecnología y, por último, carrera de ingeniero de electrónica. Esos fueron mis peores años. Todos los fines de semana salía de fiesta, y eso incluía ingerir grandes cantidades de alcohol y de droga. Cada noche me tomaba al menos 6 o 7 copas, 2 o 3 porros y otras tantas rayas de cocaína. Voy a serles sincero, nunca superé esa adicción. Hasta el momento en que entré en muerte cerebral, estuve consumiendo drogas. Empecé a los 17. Quizá el consumo de alcohol lo reduje, pero mi problema real era la adicción a la cocaína. Ganaba mucho dinero y no tenía ningún tipo de problemas económicos, así que vivía bien y podía comprar droga sin problemas. La consumía muy frecuentemente, y eso con el paso de los años empezaba a notarse. Empecé a volverme violento de vez en cuando, perdía la memoria y me trababa al hablar, lo cual hizo sospechar a mi familia y me llevó a un neurólogo. Me indicó unos ejercicios sencillos para entrenar el córtex, y aunque los hiciera, el efecto de las drogas es mayor. Nadie podía sospechar que yo me drogaba: ¿El ingeniero más prestigioso de este país, como va a drogarse, por favor? ¡Ilusos! Nunca merecí confianza, las drogas me destrozaron. Era un buen chico y buen estudiante, cualidades que solo perdía de vez en cuando, cuando consumía droga. Probablemente por eso siempre confiaron en mí. Todos los días mi familia está en la habitación conmigo, llorando casi siempre que recuerdan lo que fui y lo que soy ahora, pero posiblemente no sea más que producto de su hipocresía, solo quieren mi dinero, mi herencia y mi prestigio. Nunca me quisieron. Puede que tras esta reflexión me acuerde realmente de por qué empecé a tomar drogas. Era un hombre frustrado, no encontraba consuelo en nadie, únicamente en una chica que viajaba mucho con su padre por asuntos de trabajo. Murió junto a él en un accidente de avión. Eso fue la gota que colmó el vaso. Solo trabajaba, trabajaba y trabajaba, y en casa no encontraba ningún cariño. Mi mujer solo me quería por el dinero y por que podía comprarse ropa cara y presumir frente a sus amigas. Es la que más llora, pero realmente quiere que me muera, quiere mi fama. Oigo como entra el equipo de médicos en la habitación. Voy a reproduciros lo que escucho:

- Buenas tardes señores –dijo el médico- hemos hecho unos cuantos avances y creemos poder saber que piensa y qué responde el paciente a unas cuantas preguntas sencillas, de respuesta si o no, ¿quieren que probemos?

- De acuerdo.

- Está bien. Don Javier, ¿me escucha?

- Ha contestado que sí –dijo otro neurólogo allí presente.

- De acuerdo, siguiente pregunta. Don Javier, ¿sabe que su familia está aquí?

- Ha respondido que sí.

- ¿Le gustaría volver a ver a su familia?

- Ha dicho que no.

La gente en la sala debió quedar sorprendida.

- ¿Se siente usted bien aquí?

- Contesta que no.

- Con estas respuestas, deduzco que usted poco tiene que hacer aquí, ¿no?

- Respuesta afirmativa

- ¿Quiere usted seguir viviendo?

- Ha respondido que no y ha dado énfasis a la respuesta

- ¿Desea que desconectemos la máquina?

-

En ese momento, mi mujer dio un salto y desenchufó la máquina, pude sentir como en el último momento esbozó una sonrisa.

1 comentario:

  1. Empieza pareciendo un alegato pro eutanasia, cambia a una crítica a las drogas y acaba criticando la sociedad.
    Me gusta, pero hay que ser más positivo a los 16
    No?

    Jorge

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